Publicado: 21 febrero, 2023
Actualizado: 1 febrero, 2026
Recuerdo cuando mi hijo de 4 años decidió que sería divertido dibujar con marcadores permanentes en la pared blanca de su cuarto. Mi primera reacción fue gritar, pero me detuve a medio camino preguntándome: ¿realmente es malo regañar a nuestros hijos? Después de años de maternidad y muchas conversaciones con otros padres, he llegado a entender que la respuesta no es tan simple como un sí o no.
Durante estos años he aprendido que regañar puede ser una herramienta útil cuando se usa correctamente, pero también puede causar daño si se convierte en nuestra única forma de comunicación. Lo que puedo compartir contigo es lo que he descubierto a través de mi propia experiencia criando a mis hijos.
Nota importante: Este artículo comparte experiencias personales de una madre, no constituye consejo de crianza profesional. Cada niño y familia es diferente. Para situaciones complejas de comportamiento, consulta siempre con psicólogos infantiles o especialistas en desarrollo.
En este artículo
Lo que he aprendido sobre regañar a nuestros hijos
- Los regaños pueden establecer límites claros cuando se usan con amor y respeto
- La forma de regañar importa más que si lo hacemos o no
- Existen alternativas efectivas que he probado con mis hijos
- Algunos errores comunes pueden convertir un regaño constructivo en algo dañino
- Hay momentos específicos cuando es mejor evitar regañar completamente
¿Qué significa realmente regañar a nuestros hijos?
Mi definición personal después de estos años
Confieso que al principio pensaba que regañar era simplemente alzar la voz cuando mis hijos se portaban mal. Con el tiempo entendí que existe una gran diferencia entre corregir con firmeza y regañar por frustración.
Según mi experiencia, regañar constructivamente significa:
– Expresar desaprobación por una acción específica
– Mantener un tono firme pero controlado
– Explicar por qué ese comportamiento no es aceptable
Lo que descubrí es que cuando regañaba desde la frustración, mis hijos se cerraban. Pero cuando lo hacía desde un lugar de amor y enseñanza, realmente escuchaban.
La diferencia entre corregir y atacar
Algo que me ayudó enormemente fue entender que hay una línea muy fina entre corregir un comportamiento y atacar la personalidad del niño. Los especialistas de Healthy Children de la Academia Americana de Pediatría explican detalladamente estas diferencias, pero lo que puedo contarte desde mi experiencia es que cambiar mi lenguaje transformó completamente la dinámica familiar.
Las ventajas que he encontrado en los regaños constructivos
Establecen límites claros en el momento
Hubo una ocasión cuando mi hija de 6 años empujó a su hermano menor porque quería el juguete que él tenía. En ese momento, un regaño claro y directo fue necesario. Le dije firmemente: «No está bien empujar a tu hermano. Eso puede lastimarlo y no es así como resolvemos los problemas».
Lo que me funcionó fue:
– Ser inmediata: No esperé a que pasara el momento
– Ser específica: Expliqué exactamente qué estaba mal
– Ofrecer una alternativa: «La próxima vez puedes pedirle el juguete o buscar otro»
Ayudan a desarrollar conciencia sobre las consecuencias
No voy a mentir, al principio me sentía culpable cada vez que regañaba a mis hijos. Pero después de observar sus comportamientos, me di cuenta de que los regaños apropiados los ayudaban a entender que sus acciones tienen consecuencias.
Mi hijo aprendió que si no recogía sus juguetes después de varios recordatorios gentiles, mamá se pondría seria y él tendría que hacerlo de inmediato sin poder jugar otra cosa después.
Las desventajas reales que he vivido
Cuando se vuelven demasiado frecuentes
Pasé por una etapa muy difícil cuando todo en mi vida era caótico (problemas de trabajo, mudanza, estrés familiar) y me di cuenta de que estaba regañando a mis hijos por todo. Vi cómo empezaron a:
– Ignorar mis palabras porque «mamá siempre está enojada»
– Volverse más rebeldes en lugar de colaborar
– Mostrar signos de ansiedad cuando yo alzaba la voz
Fue una llamada de atención que me hizo buscar ayuda y cambiar mi enfoque.
El daño a la autoestima que no esperaba
Algo que nadie me advirtió es cómo ciertos tipos de regaños pueden afectar la autoestima de nuestros hijos. La Organización Mundial de la Salud tiene recursos sobre desarrollo infantil saludable que me ayudaron a entender mejor este tema.
Cuando regañaba diciendo cosas como «siempre haces lo mismo» o «nunca escuchas», sin darme cuenta estaba etiquetando a mis hijos en lugar de corregir comportamientos específicos.
Alternativas que realmente me han funcionado
La técnica del «tiempo fuera» para ambos
Descubrí que a veces tanto mis hijos como yo necesitábamos un momento para calmarnos antes de abordar el problema. Implementé una regla en casa: cuando alguien (incluyéndome a mí) se siente muy alterado, tomamos 5 minutos de pausa.
Esta técnica me ha salvado de muchos regaños innecesarios nacidos de la frustración del momento.
Consecuencias naturales en lugar de sermones
En lugar de regañar extensamente cuando mi hijo olvidaba su almuerzo escolar, simplemente dejé que experimentara la consecuencia natural: tener hambre. Después de dos veces, nunca más olvidó su almuerzo.
La conversación después de la calma
Algo que transformó nuestra dinámica familiar fue implementar «conversaciones de reflexión» unas horas después de cualquier conflicto. Cuando todos estamos calmados, hablamos sobre:
– Qué pasó
– Cómo se sintió cada uno
– Qué podemos hacer diferente la próxima vez
Los errores que he cometido (y cómo los corregí)
No darles la oportunidad de explicar sus acciones
Cometí el error de asumir las intenciones de mis hijos sin escuchar su versión. Recuerdo cuando encontré agua por todo el piso del baño y inmediatamente regañé a mi hijo por «hacer desorden». Después descubrí que había estado tratando de limpiar el agua que se derramó accidentalmente.
Lo que cambié: Ahora siempre pregunto «¿qué pasó aquí?» antes de asumir cualquier cosa.
Falta de coherencia en las regañinas
Hubo una época en que mi estado de ánimo determinaba si algo era digno de regaño o no. El mismo comportamiento podía pasar desapercibido un día y causar un gran regaño al siguiente.
Lo que aprendí: Los niños necesitan consistencia para entender qué se espera de ellos. Establecí reglas claras por escrito que aplican siempre, independientemente de mi estado de ánimo.
Utilizar demasiado la ira o los gritos al regañar
Confieso que hubo momentos en que perdí el control y grité más de lo necesario. Vi el miedo en los ojos de mis hijos y supe que había cruzado una línea.
Según MedlinePlus del Instituto Nacional de Salud, el estrés constante puede afectar el desarrollo de los niños. Esto me motivó a buscar estrategias para manejar mi propia frustración antes de abordar los comportamientos de mis hijos.
Cuándo evitar completamente los regaños
Cuando están enfermos o muy cansados
Aprendí por las malas que regañar a un niño enfermo o extremadamente cansado es completamente inútil. Su capacidad para procesar y aprender de la corrección está comprometida.
Durante momentos de estrés familiar
Cuando mi esposo perdió su trabajo, todos en casa estábamos estresados. Me di cuenta de que era mejor postponer cualquier «lección de disciplina» hasta que nuestra situación familiar fuera más estable.
Cuando yo estoy demasiado alterada
Si pudiera volver atrás, me diría a mí misma más temprano: «Está bien esperar hasta que te calmes para abordar el problema». Los regaños dados desde la ira rara vez enseñan algo constructivo.
Lo que me hubiera gustado saber antes
Cada niño responde diferente
Mi hija mayor es muy sensible; una mirada de desaprobación es suficiente para corregir su comportamiento. Mi hijo menor necesita explicaciones más directas y consecuencias más claras. No existe una fórmula única.
Los regaños son solo una herramienta, no la solución
Durante mucho tiempo pensé que si mis hijos no obedecían después de un regaño, necesitaba regañar más fuerte o más tiempo. La realidad es que algunos comportamientos requieren estrategias completamente diferentes: más estructura, más atención positiva, o incluso evaluación profesional.
Los recursos de UNICEF sobre crianza positiva me abrieron los ojos a muchas otras herramientas que tenía disponibles.
La maternidad me ha enseñado que regañar a nuestros hijos no es inherentemente bueno o malo; todo depende de cómo, cuándo y por qué lo hacemos. Lo que he aprendido es que los regaños constructivos, usados con moderación y combinados con mucho amor y comprensión, pueden ser parte de una crianza saludable.
No existe la madre o padre perfecto, y todos hemos tenido momentos de los que no nos sentimos orgullosos. Lo importante es seguir aprendiendo, ajustando nuestro enfoque y recordando que nuestros hijos necesitan límites tanto como necesitan amor incondicional. Al final del día, se trata de encontrar ese equilibrio que funcione para tu familia única.
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