Publicado: 6 marzo, 2023
Actualizado: 31 enero, 2026
Recuerdo perfectamente cuando descubrimos que estaba embarazada por segunda vez. La primera emoción fue de alegría inmensa, pero inmediatamente después llegó la preocupación: ¿cómo iba a reaccionar mi hijo de 4 años? ¿Sería capaz de adaptarse a ya no ser hijo único? La llegada de un segundo bebé no solo cambia la dinámica familiar, sino que también representa uno de los desafíos emocionales más grandes para el hermano mayor. Durante estos meses de preparación y los primeros meses después del nacimiento, aprendí que con paciencia, comunicación honesta y mucho amor, esta transición puede convertirse en una experiencia hermosa para toda la familia.
Nota importante: Este artículo comparte experiencias personales de padres y madres, no constituye consejo médico. Cada embarazo, bebé y familia es diferente. Para cualquier duda sobre salud o desarrollo infantil, consulta siempre con tu médico, pediatra o profesional de salud de confianza.
Lo que encontrarás en este artículo:
– Mi experiencia preparando a mi hijo mayor para la llegada de su hermanito
– Estrategias prácticas que realmente funcionaron en nuestra familia
– Errores que cometí y cómo los corregiríamos ahora
– Señales de alerta sobre cuándo buscar ayuda profesional
– Reflexiones honestas sobre los primeros meses con dos niños
En este artículo
Cuándo y cómo dimos la noticia
El momento perfecto (que no existe)
Al principio pensé que había un momento «perfecto» para contarle a mi hijo que tendría un hermanito. Esperé hasta el segundo trimestre, cuando ya habíamos pasado los controles médicos importantes. Pero la verdad es que no hay un momento perfecto. Lo que sí funcionó fue elegir un día tranquilo, sin prisa, cuando ambos estábamos relajados.
Le dije de manera simple: «Mamá tiene un bebé creciendo en la pancita, y en unos meses tendrás un hermanito». Su primera reacción fue de curiosidad pura: quería tocar mi barriga, hacer preguntas sobre cómo había llegado ahí el bebé y cuándo iba a salir.
Las preguntas que no esperaba
Lo que no anticipé fueron las preguntas profundas que surgieron días después. «¿Me vas a querer igual cuando llegue el bebé?» «¿El bebé se va a quedar para siempre?» «¿Puedo devolvérselo al médico si no me gusta?» Algunas me hicieron reír, otras me partieron el corazón porque entendí sus miedos.
Según la Academia Americana de Pediatría, es completamente normal que los niños expresen ambivalencia sobre la llegada de un hermano. En nuestra experiencia, validar estos sentimientos fue clave. Nunca le dije «tienes que estar feliz», sino «entiendo que tengas sentimientos mezclados, es normal».
Involucrándolo en el proceso del embarazo
Preparativos que se convirtieron en momentos especiales
Una de las mejores decisiones que tomamos fue incluir a nuestro hijo en los preparativos. Fuimos juntos a comprar algunas cosas para el bebé, le dejé elegir un peluche para su hermanito y decoramos juntos la habitación. Estos momentos se convirtieron en oportunidades perfectas para hablar sobre sus expectativas y miedos.
También le mostramos ecografías y le explicamos cómo iba creciendo el bebé cada mes. Tenía un libro de embarazo para niños que leíamos antes de dormir, donde podía ver ilustraciones del desarrollo del bebé. Esto lo ayudó a entender que el proceso llevaría tiempo y que el bebé necesitaría cuidados especiales al nacer.
El error de idealizarlo demasiado
Confieso que al principio cometí el error de pintar todo demasiado color de rosa. Le decía constantemente lo divertido que sería tener un hermanito, cómo podrían jugar juntos, lo especial que era ser hermano mayor. Pero la realidad es que los recién nacidos duermen, lloran y necesitan mucha atención. No juegan ni interactúan como un niño de 4 años espera.
Después corregi el enfoque y empecé a ser más realista: «Al principio, el bebé será muy pequeñito y solo podrá comer, dormir y llorar. Pero a medida que crezca, podrán hacer más cosas juntos».
Los cambios que nadie me advirtió
La regresión que nos tomó por sorpresa
Algo que me hubiera gustado saber es que es común que los niños tengan regresiones cuando nace un hermano. Mi hijo, que ya controlaba esfínteres perfectamente, empezó a tener accidentes. También quería que lo cargáramos más y a veces hablaba como bebé.
MedlinePlus explica que estas regresiones son una respuesta normal al estrés del cambio familiar. En lugar de regañarlo, decidimos darle más atención individual y paciencia extra. Le decíamos: «Veo que necesitas más cariño de mamá y papá ahora, ven acá» en lugar de «ya eres grande, no hagas eso».
Los celos que se manifestaron de formas inesperadas
Los celos no siempre aparecen como agresión directa hacia el bebé. En nuestro caso, mi hijo se volvió más demandante conmigo, hacía berrinches por cosas que antes no le molestaban y a veces decía cosas como «el bebé llora mucho, mejor llevémoslo de vuelta al hospital».
Lo que más me ayudó fue recordar que detrás de cada comportamiento difícil había una emoción que necesitaba ser validada. En lugar de corregir constantemente, empecé a decir: «Parece que estás sintiendo algo difícil, ¿quieres contarme qué te pasa?»
Estrategias que realmente funcionaron
Tiempo exclusivo que se convirtió en sagrado
La estrategia más efectiva fue establecer tiempo exclusivo con el hermano mayor. Incluso si eran solo 15 minutos antes de dormir, ese tiempo era completamente suyo. Nada de teléfono, nada de bebé, solo él y yo.
Durante el día, cuando estaba amamantando al bebé, le pedía que se sentara conmigo y le leía cuentos o charlábamos. Esto convirtió esos momentos en oportunidades de conexión en lugar de momentos donde se sentía excluido.
Darle un rol especial (sin presionarlo)
Le dijimos que era el «hermano mayor experto» y que necesitábamos su ayuda para entender qué quería el bebé cuando lloraba. A veces sus teorías eran divertidísimas («llora porque quiere jugar fútbol»), pero se sentía importante y parte del equipo.
También le dimos pequeñas responsabilidades apropiadas para su edad: alcanzar pañales, cantar al bebé, elegir qué ropa ponerle. Pero sin convertirlo en una obligación. Si no quería ayudar algún día, estaba perfectamente bien.
La importancia de mantener sus rutinas
Algo que funcionó muy bien fue mantener las rutinas del hermano mayor lo más estables posible. Su hora de baño, sus cuentos antes de dormir, sus actividades favoritas. Esto le dio seguridad en medio de todos los cambios.
Cuando tenía que cambiar algo por las necesidades del bebé, se lo explicaba con anticipación: «Mañana vamos a ir al parque un poquito más tarde porque el bebé tiene cita con el doctor, pero definitivamente vamos a ir».
Cuándo buscar ayuda profesional
Señales que me preocuparon
La mayoría de los comportamientos difíciles son normales y temporales, pero hubo algunas señales que me hicieron consultar con el pediatra. Si tu hijo mayor muestra:
- Agresión física constante hacia el bebé o hacia otros
- Cambios drásticos en el sueño que duran más de unas semanas
- Retrocesos significativos en habilidades ya adquiridas
- Tristeza profunda o se aísla completamente
- Comportamientos que interfieren con su vida diaria o escolar
El Centro de Control de Enfermedades (CDC) tiene recursos sobre desarrollo infantil que pueden ayudar a identificar cuándo los cambios de comportamiento requieren atención profesional.
En nuestro caso, consultar con el pediatra me dio tranquilidad y estrategias adicionales. A veces solo necesitábamos confirmación de que lo que estábamos viviendo era normal.
Recursos que nos ayudaron
Además del pediatra, encontré mucha ayuda en:
– Libros para niños sobre hermanos nuevos
– Grupos de apoyo para padres (online y presenciales)
– Conversaciones honestas con otros padres que habían pasado por lo mismo
Los primeros meses: la realidad sin filtros
Las noches fueron las más difíciles
No voy a mentir: los primeros meses fueron agotadores. El bebé despertaba varias veces por noche, y mi hijo mayor también empezó a despertarse más frecuentemente. Hubo noches donde pensé que no iba a poder con todo.
Lo que me salvó fue aceptar ayuda cuando me la ofrecían. Mi mamá se quedaba algunas tardes para que yo pudiera descansar o pasar tiempo exclusivo con el mayor. Mi esposo se encargaba de las rutinas del mayor mientras yo alimentaba al bebé.
Los momentos mágicos que compensaron todo
Pero también hubo momentos hermosos que me llenaron el corazón. La primera vez que vi a mi hijo mayor cantarle al bebé cuando lloraba. Cuando me dijo «mamá, creo que el bebé me está sonriendo». Cuando lo encontré durmiendo en el suelo junto a la cuna porque «quería cuidar a mi hermanito».
Estos momentos me recordaron que, aunque la transición era difícil, estábamos construyendo una familia y vínculos que durarían toda la vida.
La culpa que no esperaba
Algo de lo que nadie habla es la culpa que sienten las mamás durante esta transición. Me sentía culpable de no poder darle a mi hijo mayor la misma atención de antes. Me sentía culpable cuando estaba cansada e irritable. Me sentía culpable de que su vida hubiera cambiado tan drásticamente.
Hablando con mi pediatra y con otras mamás, aprendí que esta culpa es prácticamente universal. La Organización Mundial de la Salud reconoce que los cambios familiares pueden generar estrés en todos los miembros de la familia, incluidos los padres.
Lo que haría diferente ahora
Prepararme mejor emocionalmente
Si pudiera volver atrás, me habría preparado mejor para mis propias emociones durante esta transición. Habría buscado más apoyo emocional para mí, habría leído más sobre lo que podía esperar y me habría dado más gracia a mí misma.
También habría incluido más a mi esposo en las conversaciones sobre cómo manejaríamos los cambios. Al principio sentí que toda la responsabilidad emocional de la familia recaía en mí.
Documentar más los momentos positivos
Estuve tan enfocada en «sobrevivir» los primeros meses que no documenté suficientes momentos hermosos. Ahora que mis hijos son mayores y tienen una relación hermosa, me hubiera gustado tener más fotos y videos de esos primeros momentos juntos.
Confiar más en mi instinto
Hubo muchas ocasiones donde mi instinto me decía una cosa, pero otras personas me aconsejaban diferente. Ahora sé que nadie conoce a mis hijos mejor que yo, y que está bien seguir mi intuición materna.
Reflexiones después de la tormenta
Mirando hacia atrás, la llegada de mi segundo hijo fue sin duda uno de los períodos más desafiantes de mi vida como madre, pero también uno de los más transformadores. Ver cómo mi familia se expandía y se adaptaba, cómo mi hijo mayor crecía emocionalmente y desarrollaba compasión y paciencia, y cómo yo misma descubría recursos internos que no sabía que tenía, fue extraordinario.
Cada familia vive esta transición de manera diferente. Algunas tienen más facilidades, otras enfrentan más desafíos. Lo importante es recordar que es un proceso, no un evento. Los niños necesitan tiempo para adaptarse, al igual que los padres. Habrá días difíciles y días hermosos, a veces en la misma hora.
Si estás viviendo esta transición ahora mismo, quiero que sepas que no estás sola, que es normal sentirse abrumada, y que está bien pedir ayuda. Los hermanos pueden ser el regalo más grande que le damos a nuestros hijos, pero como todos los regalos importantes de la vida, requiere tiempo para desarrollarse completamente. Ten paciencia contigo misma, con tu hijo mayor, y confía en que tu familia encontrará su nuevo equilibrio.
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