Buena Madre – El hermoso desafío de la maternidad

Publicado: 5 marzo, 2023
Actualizado: 31 enero, 2026

Recuerdo perfectamente el día que me di cuenta de que no sabía qué significaba ser una «buena madre». Mi bebé lloraba sin parar, yo llevaba tres días con la misma ropa manchada de leche, y me pregunté si alguna vez sentiría que lo estaba haciendo bien. Esa sensación de duda, de querer dar lo mejor pero no saber exactamente qué era eso, me acompañó durante años.

Si estás aquí buscando respuestas sobre cómo ser una buena madre, déjame decirte algo que me hubiera gustado escuchar: el solo hecho de hacerte esa pregunta ya dice mucho sobre el tipo de madre que eres. No existe un manual perfecto porque cada familia es diferente, pero sí hay cosas que aprendí en el camino que me gustaría compartir contigo, desde mi experiencia y la de muchas madres que conozco.

Nota importante: Este artículo comparte experiencias personales de madres reales, no constituye consejo médico o psicológico. Cada familia es diferente y cada situación única. Para cualquier duda sobre desarrollo infantil, salud mental o crianza, consulta siempre con tu pediatra o profesional de confianza.

Lo que descubrí sobre ser una buena madre

Después de años navegando la maternidad y hablando con cientos de madres, estos son los puntos clave que más me han ayudado:

  • El autocuidado no es un lujo, es una necesidad para poder estar presente para nuestros hijos
  • Los límites con amor son la base de una crianza saludable tanto para ti como para tus hijos
  • La comunicación efectiva se adapta a cada edad y personalidad de nuestros hijos
  • Las rutinas flexibles crean seguridad sin convertirnos en esclavas del horario
  • La culpa maternal puede transformarse en tu mejor herramienta de crecimiento
  • Tu estilo único de crianza es más valioso que cualquier método de moda

El autocuidado como base de la maternidad

Priorizar tu bienestar no es egoísmo, es supervivencia

Confieso que durante los primeros años me sentía culpable cada vez que pensaba en mí misma. «Las buenas madres se sacrifican por sus hijos», pensaba. Hasta que una pediatra me dijo algo que cambió mi perspectiva: «No puedes dar lo que no tienes».

Recuerdo vívidamente el día que colapsé llorando en el consultorio porque llevaba semanas sin dormir más de tres horas seguidas. Mi bebé estaba sano, pero yo estaba agotada físicamente y emocionalmente. Ahí entendí que cuidarme no era opcional.

Pequeños momentos de cuidado personal que realmente funcionan

Lo que funcionó para mí fueron cambios pequeños pero constantes:

  • Cinco minutos de respiración profunda mientras el café se hacía por las mañanas
  • Ducha con la puerta cerrada (aunque fuera de cinco minutos)
  • Una llamada de diez minutos a una amiga mientras los niños jugaban
  • Acostarme treinta minutos antes para leer algo que no fuera sobre crianza

La Organización Mundial de la Salud enfatiza la importancia del bienestar mental materno para el desarrollo saludable de la familia. En mi experiencia, estos pequeños momentos marcaron una diferencia enorme en mi capacidad de estar presente para mis hijos.

Estableciendo límites saludables con amor

El equilibrio entre firmeza y cariño que tanto me costó encontrar

Durante mucho tiempo pensé que ser una buena madre significaba decir «sí» a todo. Mis hijos querían galletas antes de cenar, dulces en el supermercado, quedarse despiertos hasta tarde… y yo cedía para evitar berrinches y sentirme «la mala».

El punto de inflexión llegó cuando me di cuenta de que mis hijos estaban más ansiosos e inseguros, no más felices. Un psicólogo infantil me explicó algo que coincide con lo que describe Healthy Children de la Academia Americana de Pediatría: los límites claros y consistentes dan seguridad a los niños.

Cómo poner límites sin convertirte en dictadora

Lo que aprendí es que los límites se pueden poner con amor:

En lugar de: «¡No puedes comer eso porque lo digo yo!»
Probé: «Entiendo que quieres galletas. Después de la cena podemos elegir un postre juntos.»

En lugar de: «¡Deja de llorar!»
Probé: «Veo que estás muy molesto. Los límites no cambian, pero estoy aquí contigo.»

Los límites también son para ti (esto me costó mucho aprender)

Establecer límites con los hijos fue relativamente fácil comparado con establecer límites conmigo misma:

  • Límite a las horas de «mamá taxi»
  • Límite a las actividades extracurriculares por semana
  • Límite a las comparaciones con otras madres en redes sociales
  • Límite a la culpa por no hacer todo «perfecto»

Comunicación efectiva según la edad y personalidad

La base de toda relación sólida

Algo que nadie me contó es que comunicarse con un niño de 3 años es completamente diferente a hacerlo con uno de 8, y ambos son diferentes a comunicarse con un adolescente. Tuve que aprender (a veces a los golpes) a adaptar mi forma de hablar y, más importante, de escuchar.

Adaptando la comunicación a cada etapa que vivimos

Con mis hijos pequeños (2-5 años):
– Frases cortas y claras: «Es hora de guardar los juguetes»
– Validar emociones: «Estás triste porque se acabó el juego»
– Ofrecer opciones limitadas: «¿Te bañas primero o te pones el pijama primero?»

Con mis hijos en edad escolar (6-12 años):
– Preguntas abiertas: «¿Qué fue lo mejor de tu día?»
– Involucrarlos en soluciones: «¿Cómo podemos organizarnos mejor por las mañanas?»
– Escucha activa sin juzgar inmediatamente

La comunicación no verbal que descuidé al principio

Me di cuenta de que mis hijos captaban más mi tono y lenguaje corporal que mis palabras. Cuando les hablaba mientras revisaba el teléfono o cuando estaba estresada, el mensaje que recibían era completamente diferente al que intentaba dar.

MedlinePlus del Instituto Nacional de Salud tiene información valiosa sobre desarrollo de la comunicación infantil. Lo que puedo aportar desde mi experiencia es que la paciencia conmigo misma fue clave para mejorar la comunicación con mis hijos.

Construyendo rutinas que realmente funcionen

El poder de la previsibilidad (sin volverse loca en el intento)

Después de años de caos matutino, noches de batalla para dormir y comidas que parecían campos de guerra, decidí que necesitábamos estructura. Pero cometí el error inicial de crear rutinas tan rígidas que nos estresaban más de lo que nos ayudaban.

La rutina que finalmente funcionó fue:
Mañanas: Despertador, desayuno, vestirse, dientes, salir (en ese orden, siempre)
Tardes: Merienda, tarea, juego libre, cena
Noches: Baño, cuento, cama (rituales relajantes)

Rutinas adaptadas a la realidad de cada familia

Lo importante no es copiar la rutina de otros, sino crear la que funcione para tu familia. Nosotros tuvimos que adaptar todo cuando cambié de trabajo, cuando nació el segundo bebé, cuando empezó el colegio…

Flexibilidad dentro de la estructura

Aprendí que las rutinas son marcos, no cárceles. Si un día salimos de paseo y cenamos más tarde, o si alguien está enfermo y necesitamos adaptarnos, está bien. La estructura existe para servirnos, no para esclavizarnos.

Transformando la culpa maternal en tu aliada

De tu peor enemiga a tu mejor herramienta

Si hay algo que todas las madres compartimos es la culpa. Culpa por trabajar demasiado, culpa por no trabajar, culpa por darles pantalla, culpa por no estimularlos suficiente, culpa por perder la paciencia, culpa por no perder la paciencia (¡sí, también existe!).

Durante años, esta culpa me paralizaba. Hasta que una terapeuta me ayudó a replantear la pregunta. En lugar de «¿Por qué me siento tan culpable?», empecé a preguntarme «¿Qué me está diciendo esta culpa sobre mis valores?»

Transforma la culpa en acción positiva

Cuando me sentía culpable por gritarles, en lugar de hundirme en autorrecriminación, empecé a:
– Disculparme genuinamente con ellos
– Identificar qué me había disparado (hambre, cansancio, estrés)
– Buscar estrategias para la próxima vez
– Pedir ayuda cuando la necesitara

Libérate de las comparaciones (lo más difícil de todo)

Instagram está lleno de madres perfectas con casas impecables y niños siempre sonrientes. Me llevó tiempo entender que esas son fotos, no vidas completas. La madre que sube la foto del desayuno nutritivo y colorido probablemente no subió la del berrinche de dos horas que vino después.

Encontrando tu estilo único de crianza

Más allá de las etiquetas y métodos de moda

Pasé años tratando de encajar en diferentes estilos de crianza. Intenté ser una «mamá Montessori», luego una «mamá de crianza con apego», después seguí métodos de disciplina positiva… Hasta que me di cuenta de que estaba perdiendo mi propia intuición en el proceso.

Conoce a cada uno de tus hijos como individuos únicos

Mi hijo mayor necesita rutinas claras y tiempo para procesar cambios. Mi hija menor es espontánea y se adapta fácilmente pero necesita más conexión física. Lo que funciona con uno no necesariamente funciona con el otro, y está bien.

Confía en tu intuición materna (sí, existe y es poderosa)

Hubo muchas ocasiones en las que algo no me parecía bien con alguno de mis hijos, aunque no pudiera explicar qué era. Aprendí a confiar en esa sensación. Algunas veces era algo médico que requería consulta, otras veces era algo emocional que necesitaba atención.

La Academia Americana de Pediatría siempre enfatiza que los padres conocemos a nuestros hijos mejor que nadie. En mi experiencia, esa intuición se desarrolla con tiempo y atención consciente.

Creando una red de apoyo real

Se necesita una aldea (y no es una frase bonita, es una necesidad)

Una de las cosas más difíciles de la maternidad moderna es la soledad. Nuestras abuelas tenían a sus madres, hermanas, vecinas cerca. Muchas de nosotras estamos criando lejos de la familia extendida, sin esa red de apoyo natural.

Cultivando tu círculo de apoyo paso a paso

Yo construí mi «aldea» poco a poco:
Otras madres del colegio con las que podíamos apoyarnos para emergencias
Una niñera de confianza para algunas horas a la semana
Grupos de madres (algunos presenciales, otros online)
Profesionales (pediatra, dentista, algún terapeuta familiar)
Familia elegida (amigos cercanos que se convirtieron en tíos/tías del corazón)

Aprendiendo a pedir y recibir ayuda

Esto me costó muchísimo. Pensaba que pedir ayuda era admitir que no podía sola, que no era una «buena madre». Hasta que una amiga me preguntó: «¿Tú ayudarías a una amiga que te lo pidiera?» Por supuesto que sí. «Entonces, ¿por qué les niegas a otros la oportunidad de ayudarte?»

Celebrando los pequeños logros que importan de verdad

Después de años en esta montaña rusa de la maternidad, he aprendido que ser una «buena madre» no tiene nada que ver con la perfección. No se trata de tener la casa impecable, los niños siempre contentos, o las respuestas correctas para todo.

Ser una buena madre, en mi experiencia, es estar presente. Es pedirse disculpas cuando nos equivocamos. Es celebrar cuando nuestro hijo aprende a amarrarse los zapatos con la misma intensidad que celebraríamos un ascenso en el trabajo. Es reconocer que algunos días solo sobrevivir ya es suficiente.

He aprendido a celebrar victorias que antes ni siquiera notaba: la tarde que jugamos en el piso sin revisar el teléfono, el momento en que mi hijo me contó algo importante porque sintió que realmente lo escuchaba, la noche que me acosté sin revisar si había platos sin lavar.

La maternidad es, sin duda, el trabajo más difícil y gratificante que he tenido. No hay receta perfecta porque cada madre, cada hijo y cada familia son únicos. Lo que sí puedo decirte es que si estás leyendo esto, preocupándote por hacerlo mejor, ya estás en el camino correcto.

Eres más fuerte de lo que crees, más sabia de lo que imaginas y mejor madre de lo que te das crédito. Y en los días difíciles, recuerda que mañana es una nueva oportunidad para empezar de nuevo.

Acerca Grupo Editor

Somos un colectivo de padres y madres que compartimos temas de maternidad, concepción, embarazo, parto, lactancia y crianza de niños en general.

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